miércoles, 13 de septiembre de 2017

Convocatoria Especial "Relato Policial"





Un 7 de octubrer de 1949, Edgar Allan Poe, prolífico cuentista y poeta, fallecía en el Washington College Hospital, luego que cuatro días antes fuese encontrado al borde de la locura, obnuvilado, en una miserable condición que selló una vida trágica y breve. Dejaba este mundo a los cuarenta años.

Su legado sería una perogrullada enumerarlo, mas en esta ocasión queremos hacer hincapié en una de sus facetas: la fundación del relato policial. Su detective Dupin sirvió de modelo para todos los clásicos del género, incluyendo al afamado Sherlok Holmes, y es recurriendo a este tipo de relato que invitamos a nuestros colaboradores a homenajear al trágico y maravilloso Poe.

Por favor, sigan estos breves puntos para adherirse:

domingo, 20 de agosto de 2017

"Las lagartijas en las lápidas" por Fraterno Dracon Saccis














M.C. Escher - Smaller and Smaller 1956












“Hay cuatro cosas en el mundo que a pesar de ser pequeñas son más sabias que los sabios: las hormigas, insectos muy pequeños que guardan comida en el verano, para tener suficiente en el invierno; los tejones, animalitos que por ser indefensos hacen sus cuevas entre las rocas; los saltamontes, que aunque no tienen comandante son tan ordenados y disciplinados como un ejército, y las lagartijas, que son fáciles de atrapar pero viven libres en los palacios.”—Proverbios 30: 24-28



            El aroma de la tierra húmeda fue un agradable golpe de frescura para la calurosa tarde en el cementerio.
            Luego del frío responso del cura, que más que inflar nuestros corazones con la perspectiva de “...la resurrección y la vida...”, nos hizo morir de aburrimiento. Bueno, al menos a mi y a quienes vi que sus ojos se cerraban y sus cabezas se inclinaban y levantaban bruscamente. Era comprensible luego de velarla toda una noche. 
            Entonces vinieron, primero el correcto discurso de mi primo Alfonso, para luego, con una espontaneidad que no me esperaba, los comentarios entre hombro y oreja. Por supuesto, esas frases como “Esta vieja hasta en el cajón nos tramita.”, o “Ese Alfonso cree que sobándole el lomo a la muerta le va a seguir dando plata” o, el escueto pero lapidario “Alfonso culiao falso”; hicieron un poco más afable la ceremonia. Es agradable cuando la gente subestima el silencio.
             Y finalmente, el ataúd de mi abuela Helena descendió a su lugar de descanso definitivo, con los consabidos últimos estertores del dolor. Sollozos entrecortados, hipo y lamentos dedicadamente sonoros. Reconozco que ese último vistazo a su cajón me dio un vuelco en el estómago, y no pude evitar derramar unas lágrimas. Entre nosotros, quise creer que fue porque nunca más la volvería a ver, pero la verdad, no fue más que el pensamiento de que ese mismo destino me esperaba: tierra, gusanos, moscas, madera y tela azumagada. Y las lagartijas. Supongo que desde ese día el germen de la incineración debe haber nacido entre mis deseos póstumos.
            El caso es que una repentina nostalgia me invadió, en parte por la abuela Helena, pero también por las visitas que hacíamos a ese mismo cementerio, para llevarle flores a la tumba de mi abuelo Fermín y mi tío Víctor. Lo que más me fascinaba eran esas lagartijas que se deslizaban por las lápidas, entraban y salían de las tumbas, con sus largas colas, sus patas de garras diminutas, y sobre todo sus lomos tornasol. La abuela Helena más de una vez me dijo “No se te ocurra tocar esos bichos, que se comen a los finados”. Por supuesto nunca le hice caso. Cada vez que tenía oportunidad atrapaba alguna, y la hacía deslizarse por mis brazos, dar vueltas por la palma y el dorso de la mano, soltarlas para volver a atraparlas, quedando muchas veces, fascinado mirando como la cola cortada seguía sacudiéndose mientras el resto de la lagartija se perdía entre las tumbas. Recuerdo que también hacía que mordieran la manga de la camisa, quedando colgadas, balanceándose. Incluso hacía una cuenta regresiva, y aquellas que duraban más del tiempo que les daba, se ganaban su libertad. Nunca dejé que me mordieran los dedos, ahora pienso, en parte haciendo caso de la advertencia de mi abuela Helena.
            Ensimismado en esos pensamientos, me perdí la oportunidad de escabullirme antes que el resto, así que opté por el plan B, que era quedarme dando vueltas entre las tumbas para evitar formar parte de los grupitos de deudos. De seguro nadie me echaría de menos.
            Mientras apreciaba las estatuas de ángeles y santos, me encontré con un pequeño nicho, con una barda de tablas de pintura descascarada. Tenía una pequeña losa decorada con antiguos autos de juguete. En la escueta inscripción, enmarcada por querubines, rezaba:

Bruno Amador Rojas Cortés
26 de mayo 1934 – 25 de mayo de 1942”.

jueves, 29 de junio de 2017

"¡Déjame Tranquilo!" por Bruno Noctis














Ilustración por Alex Olivares.










Relato ganador del concurso "Mes el mar 2017".








No se equivoquen. No es que sea un mal agradecido del cielo, por el privilegio de haber sobrevivido en tan buenas condiciones a un naufragio. Tengo agua envasada además de la que se recolectó de la lluvia. Tengo comida enlatada para al menos unas dos semanas más. Una biblia, un catálogo de motores de lancha, del que he aprendido bastante, y una novela de Dickens, “Historia de dos ciudades”. Y bueno, tengo mi salud, mi vida. Algo que no pueden decir el resto de los tripulantes. 

Pero lo que me tiene ya bastante harto es la soledad. Me tiene harto la incertidumbre. Me tiene harto el silencio. 

Llevo dos días, a ratos dudo y creo que son tres, a la deriva en mar abierto y no diviso tierra. ¡Dios mio! Si ya ni siquiera puedo ver los restos del naufragio. ¡Ni una mísera tabla! Y soy un negado en cuanto a navegación. Tengo una brújula y no puedo hacer otra cosa más que intentar guiar el bote salvavidas hacia el norte. Dos días, y no ha venido nadie en mi rescate. Ya estoy más que preocupado y sé que preocuparme no es nada útil. Pero entenderán que no tengo nada mejor que hacer. Ya terminé de leer “Historia de dos ciudades”. Estoy al borde de la locura si lo pienso, porque estoy evaluando leer la biblia completa. Tal vez sea Dios quien espera que termine esa tarea para enviarme su mano amiga. 

Se los dije. Estoy al borde de la locura. 

viernes, 23 de junio de 2017

"San Juan Uróboros" por Aldo Astete Cuadra*














*Ilustración por Sarkhan Jace Vol Beleren, ganador del concurso de ilustración de Chile del Terror III: Mare Monstrum.














     Siento que esto lo he vivido muchas veces, que hay una recirculación que no para, que me involucra con una pérdida total de la consciencia, hasta ahora, hasta este momento, en que me encuentro sentado en la mesa del café aledaño a la galería escribiendo atropelladamente esto en un individual de papel craft, antes de que se me olvide, antes de que vuelva a estar dando vueltas en una Víspera de San Juan eterna.
Lo que quiero contarles me está ocurriendo aquí y ahora, algo ha sucedido que el Uróboros me ha dado un respiro, pero temo que jamás saldré de aquí. Si la actual ruptura en el espacio tiempo no se vuelve a dar, quiero que esto quede como un mensaje, como una experiencia que espero a ustedes nunca les ocurra, para mí fue aquella pintura que por casualidad he visto en la galería de arte de los Barrios Bajos en Valdivia, y que para ustedes puede tener otro origen.

     Algo detonó en mí aquella composición, una especie de irreversibilidad, como si el tiempo y el espacio fueran parte de una imagen en la que yo no podía estar afuera, no sé si me explico, pero aquel cuadro estaba llamándome a intentarlo, y solo aquel cuadro. El resto de la exposición era buena, pero esta obra me saturó, me descompensó, me hizo querer irme, pero no de la galería, sino que hacia el interior, hasta ese momento en que confluían cinco elementos con un mensaje claro, “lo prohibido”. Por mucho que intenté, no conseguí desdoblarme, nunca lo había hecho por lo demás, pero como les menciono, mi vínculo con aquella pintura me permitía pensar que era capaz de todo, de lo imposible. 

     Pregunté su valor, quedaron de averiguarlo, pues justo el de ese cuadro lo desconocían. Me molesté, no con las encargadas, sino con lo que a esas alturas yo ya consideraba era una conspiración, que me empujaba a intentar una ilusión con tal de probar que ese momento inmortalizado me pertenecía, ¿cuáles eran las consecuencias?, ni idea, no me interesaba, ni que aquella flor fuera de fino oro, o que la riqueza y la maldición que siempre estas fortunas misteriosas llevan aparejada cayera sobre mí, con todo su peso. Mi fijación era, al fin, tentar a la suerte, a la tradición con sus leyendas y supersticiones.

lunes, 5 de junio de 2017

CONCURSO PARA ILUSTRADORES: Gana una copia de "Chile del Terror III: Mare Monstrum


Tenemos un nuevo concurso, esta vez dirigido a los ilustradores. A continuación las bases. 

lunes, 29 de mayo de 2017

"Bote" por Jorge Araya Poblete














Ilustración por Alex Olivares.
















Ese día el maestro constructor parecía no querer hablar con nadie, concentrado en sacar la mayor cantidad de tablas, de cada tronco apilado en el astillero. Luego de cortar los árboles más rectos que pudo encontrar, los puso en un coloso que remolcó hasta su casa para concretar su nuevo proyecto: un bote pesquero con motor fuera de borda. Sin embargo, para conseguir la madera tuvo que llevarse un mal rato, pues una comunidad indígena que vivía en el sector insistía en que no utilizara esos árboles; el maestro tuvo que llegar a amenazar a varios de los lugareños para conseguir el material necesario.

Al anochecer, contempló satisfecho su trabajo: había logrado quitar la corteza y pasar por sierra circular todos los troncos, para al día siguiente comenzar el armado. Según sus cálculos hasta le sobraría material. Esa noche dormiría tranquilo pensando en el trabajo pendiente.

Tres de la mañana. El incesante ladrido de unos perros lo despertó. Se asomó por la ventana y vio varias sombras entrando a su taller, para luego salir cargando el fruto de su trabajo Furioso,  tomó la escopeta y salió a enfrentar a los ladrones. En cuanto llegó a la puerta del galpón dio un disparo al aire como advertencia: en ese instante se dio cuenta que quienes estaban robando las tablas eran jóvenes de la comunidad indígena, al parecer siguiendo instrucciones de los ancianos. Luego de amenazarlos con llamar a Carabineros si no devolvían todo a su lugar, el maestro entró a su casa para volver con un viejo y enorme candado a cerrar la puerta del lugar. Definitivamente no dormiría el resto de esa noche.

jueves, 25 de mayo de 2017

"La soledad de la estrella fugaz" por Daniel Figueroa Arias (Costa Rica)














Ilustración por All Gore.
















La exclusa exterior se cerró tras ella con un pesado golpe metálico. Golpe que sólo existía en su cabeza, porque en el vacío, obvio, no existía el sonido. Entonces comenzó el ceceante ruido in crecendo de la recámara llenándose de aire. Ella solo se dejaba flotar, cual si fuera un cuerpo sin vida, dejándose ir, nada más, flotando en un mar sin corrientes
Podía llamarse María, Kathy, Tanya, Icu… carecía de importancia, ya que no quedaba absolutamente nadie para llamarla por su nombre. Era la única residente de la estación espacial de relevo, Shooting Star IV. Se trataba de un armatoste insignificante. Un eje cilíndrico, con una zona giratoria que creaba sensación de gravedad. La mitad del eje era hangar y bodegas, para las naves que iban de paso entre la Estación Internacional y cualquier otro punto en el espacio.
Pero, por una coincidencia, que le hacía recordar que el universo tenía sentido del humor, muy macabro por cierto, terminó siendo el atalaya del único ser humano vivo en órbita… bueno, en realidad, del único ser humano que quedaba.